KÓOCH, revista de deportes de montaña. | Tras cuatro años de sufrir la dicotomía entre portear en Aconcagua, guiar en Chalten y escalar con los amigos Sol Giadorou dijo basta y tomo el tiempo necesario para escalar la oeste del Cerro torre con su pareja. La cumbre y el descenso estuvieron llenos de alegrías, amor, desafíos, sacrificio y solidaridad con final feliz.
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Categoría
Montañismo

KÓOCH #66/7

21 Julio 2021

EL CERRO TORRE Y UN VÍNCULO DE AMOR

 

Tras cuatro años de sufrir la dicotomía entre portear en Aconcagua, guiar en Chalten y escalar con los amigos Sol Giadorou dijo basta y tomo el tiempo necesario para escalar la oeste del Cerro torre con su pareja. La cumbre y el descenso estuvieron llenos de alegrías, amor, desafíos, sacrificio y solidaridad con final feliz.

 

Por Sol Giadorou

TRABAJO

             Al fin me había animado a trabajar de guía. Mi misión para la temporada 2018/19 era encontrar el equilibrio entre el trabajo y la escalada. La dicotomía escalar/trabajar me acompaña desde que me mudé a Mendoza y conocí la escalada. Cada verano subía a portear a Aconcagua y cuando bajaba tenía que volver a empezar. La cuarta temporada dije “basta, quiero escalar”.

 

El Chaltén me recibió ese año con las mejores brechas y con uno de los regalos más hermosos: Affanasief con Cami Roldán y Lilén Sossa, y todos mis amigos… Siguieron pasando los años… Muchas escaladas y poco trabajo. En algún momento ya era psicóloga y ejercía mi profesión en Mendoza y ya era guía.

Di de baja el consultorio y volví al Chaltén con intenciones de trabajar de guía. Sin embargo, el miedo a perderme “la” brecha, me congelaba. Rechacé mis primeras fechas por ir a la Supercanaleta con Jaume, casi un desconocido en ese momento; y con Capi y Fer. Largo tras largo, nuestros destinos se entrelazaron y desde ese vivac cumbrero no nos separamos.

 

Viajar un año juntos con sus ahorros me llevaron a dos decisiones: voy a conseguir auspicio y voy a trabajar de guía apenas llegue a Chaltén. Ambos objetivos florecían, estar guiando me llenaba de satisfacción, disfrute, jugosas propinas, alegría real. Autorrealización.

 

“la dicotomía escalar/trabajar me acompaña desde que me mudé a Mendoza y conocí la escalada. Cada verano subía a portear a Aconcagua y cuando bajaba tenía que volver a empezar. La cuarta temporada dije “basta, quiero escalar”

 

LA PREVIA

             En el 2018 había hecho un intento con Jaume Bassa, Agustín Piccolo y Diego Cofone, llegando hasta arriba del Elmo.

 

La supuesta brecha se desarrolló diferente al pronóstico y nos sorprendió la tormenta. Aguantamos 24 horas en la repisa de hielo, tapados por la bolsa (una por cordada) no podíamos siquiera derretir hielo. No nos animábamos a bajar con tanto viento, pero iba empeorando. A las seis de la tarde no aguantábamos más. Decidimos bajar igual. Escapamos rapelando, llenos de escarcha, asustados. Llegamos al Col de la Esperanza, y a primera hora, sin haber dormido por el frío y lo empapados que estábamos, volvimos al Chaltén. De esa experiencia habíamos aprendido muchísimo.

Durante todo el año, con Jaume, salíamos a correr, en Indian Creek, a la madrugada; luego, escalábamos todo el día. Corríamos muchísimo en Mendoza, en Buenos Aires, y por Chaltén, casi siempre a la Loma del Pliegue Tumbado (aunque nunca pude llegar a la cumbre). Pero lo que más me había entrenado era el trabajo… ¡guiar!

Cuando estaba despejado, me quedaba mirando el Cerro Torre, pidiéndole de corazón que nos deje subir, que ¡POR FAVOR, nos deje subir!

 

CERRO TORRE

 

             Este año también éramos un equipo de 4 en dos cordadas: Jaume y yo, Capi y Jon. Tras los ocho días de guiar, descansé uno y salimos para Nunatak, pasando Niponino, en el Valle del Torre. Me sentía cansada, ¿sería capaz de subir así?

 

Estábamos aproximando con muy mal clima, nos hacía dudar… ¿realmente mejoraría al tercer día, cuando estuviéramos en el Col de la Esperanza?

 

Habíamos visto dos días perfectos y queríamos encontrarlos escalando, bastante arriba, incluso rapelando. La estrategia era: día 1, Nunatak; 2, pasar el Col Standhardt e intentar escalar hasta el Col de la Esperanza; 3, descansar o llegar al C. Esperanza; 4, escalar hasta un lugar clave reparado del viento entre el segundo y tercer hongo (abajo del último largo); 5, último hongo y rapelar hasta C. Esperanza; 6, Chaltén; 7, un día más por las dudas.

 

 

“sólido, firme, se abría camino en la verticalidad. De la mitad para arriba había un medio túnel natural y hacia el final se divisaba hielo”

 

Los primeros tres días con pesto nos devastaron; sin embargo, a la tarde del tercero, cuando ya teníamos el campamento montado en el C. Esperanza, se despejó y el último sol secó nuestras botas y almas y nos llenó con nuevas energías para el ascenso. Se estaba cumpliendo.

 

Al día siguiente a las 4:20am arrancamos. Navegábamos por formaciones que parecían de otro planeta. Hielo, nieve, escarcha, mármol: una belleza indescriptible que nos hacía olvidar el cansancio.

 

Cada vez más cerca de esos domos majestuosos, con sus túneles y sus canales.

 

A alrededor de las 4pm nos desorientamos. El segundo hongo nos presentó un acertijo. Escarcha muy blanda, desplomada: parecía imposible. Un desafío que antes no existía. No logramos pasar y cavamos plataformas en un lugar reparado, casi plano, con la música de los túneles, con vistas alucinantes.

 

Me inquietaba esa sección, pero teníamos tiempo, motivación y ¡éramos cuatro! Temprano al día siguiente, la escarcha dejó de ser imposible (sólo muy difícil). Mientras desarmábamos el campamento, aparecieron tres estadounidenses. Habían dormido en el Elmo; dudaban acerca de seguir. Escalamos el inesperado crux y, tras unas horas, estábamos al pie del largo clave.

 

Jaume empuñó las piquetas con “alitas”, ideales para esa escarcha. Le dí seguro. Sólido, firme, se abría camino en la verticalidad. De la mitad para arriba había un medio túnel natural y hacia el final se divisaba hielo. Fui de segunda con las dos cuerdas para Jon y Capi; pensaba “qué valiente este Jaumito”.

 

Íbamos llegando, sólo quedaba caminar unos metros hasta la cumbre. Nos esperamos para llegar los cuatro: un equipo.

 

Mucha emoción. Alegría amplia. Contemplar la vista, sentir la gratitud. Sin embargo, todos sabíamos que unos minutos bastaban; no había tiempo, el logro real sería abajo, en casa, todos vivos.

 

“escalar se trata de conexión, de vínculos. Con los compañeros de escalada, con la Madre Tierra y, sobre todo, conmigo misma. Un vínculo de amor”

 

Antes de dejar la cumbre, me acerqué a Jaume. Tenía una sorpresa reservada exclusivamente para esa cumbre. Entonces dediqué la ascensión a mis amigos, mi familia, mi nueva familia y a mi amor. Y abrí el bolsillo de mi campera, busqué ese anillo que previamente había construido y atado a un cordín… ¡y le propuse casamiento! Me dijo “¡nos casamos!”, con un amor lleno de energía.

 

Rápidamente volvimos a modo atención y fuimos armando avalacops, dead-mans y ¡para abajo! Mientras rapelábamos, cruzamos a la cordada, iban para arriba con toda la motivación. “¡Nos vemos abajo!”. A la tarde estábamos en el Col de la Esperanza.

 

Hubo un momento, justo antes de llegar al Elmo, donde tuvimos miedo. Todo el cerro se derretía. La brecha se había estirado un día entero y la temperatura había subido.

 

Me pregunto si habrá una forma segura de escalar estas montañas que tanto amo… Para mí, escalar se trata de conexión, de vínculos. Con los compañeros de escalada, con la Madre Tierra y, sobre todo, conmigo misma. Un vínculo de amor.